Me subo a un taxi en dirección norte. La radio suena. La música rockera es interrumpida por una voz conocida en el mundo del rock en Chile. Habla pero no logro escucharlo, el ruido citadino es más fuerte. Sin embargo, el conductor sube el volumen de la radio y logro entender claramente que ha muerto uno de los grandes del rock, quien abrió Woodstock, quien editó 29 discos... un grande que, aunque no sonara en las radios más rockeras del país, ahora anunciaba la muerte de este grande de la música. Tenía 72 años y simplemente su corazón no le aguantó más.
Mucho se habló en los días que corrieron desde ese triste y silencioso 23 de abril de 2013, mas muy pocos explicaron por qué fue grande Richie Havens. ¿Por qué grande?
Simplemente, como está explicado más abajo en este blog, Richie interpretaba la guitarra de una particular forma: ponía su dedo gordo sobre las cuerdas y con ello iba eligiendo los acordes. La guitarra trasteada, como muy pocos sabían hacerlo. La mano derecha no solo hacía que sonaran los acordes desde las cuerdas, sino que le daba ritmo a sus canciones con la uñeta.
Muy pocos saben hacer esto a la perfección, Richie lo hizo y por eso es único. Eso y su visión espiritual de la música. Su vivencia de la música, el sentir la música, el ser música. A la vez, su silencio en los massmedia, en la industria cultural estadounidense -y por ende, mundial-, da cuenta justamente de su grandeza como artista. No buscaba la fama, sino difundir su mensaje de libertad, de amor, de esperanza, de rebeldía, de lucha y dignidad. Muy amigo de George Harrison, así como de Ravi Shankar, que incluso pasearon juntos por Woodstock. Todos ellos, tenían profundas reflexiones en torno a la música y la espiritualidad, buscaban la luz en su interior. The Inner Light, de Harrison, da cuenta de esa búsqueda.
Havens hizo sus propias versiones de canciones de diversos artistas, las más conocidas son las que hizo de The Beatles. Su capacidad interpretativa hacía que solo con su guitarra, canciones muy conocidas, simplemente parecieran de su autoría.
Jamás se olvidará la imagen en el documental de Woodstock, donde él lo abre y lo cierra. Mientras grita Freedom -una antigua canción lastimosa interpretada en un triste piano-, su cuerpo parece que se le fuera a salir en cualquier momento. Su boca se abre hasta las notas más profundas dando paso a su voz gastada. Las gotas que corren por su nariz mientras respira cambiando la cuerda que se le cortó mientras golpeaba una canción ante millones de estadounidenses drogados y esas cámaras que lo inmortalizaron. Su túnica café empapada de sudor, jamás mira al público, solo concentrado en su guitarra, golpeteando su sandalia gastada al ritmo de Freedom. Su propio ritmo, su propio pulso que logra levantar las palmas de los hippies de los 60 exigiéndoles que reflexionaran sobre la oportunidad política y social que significaba que todo el mundo se fuera a enterar de lo que allí estaba sucediendo.
Richie no podía irse, el público lo aclamaba para que volviera una y otra vez sobre el escenario. Pues, simplemente no terminó su última canción. De pronto, aún interpretando su canción, se levantó con su guitarra en mano, caminó aún cantando y se alejó del micrófono para acercarse a la escalera que lo llevaría a la fama. Así, simplemente se fue caminando y cantando, como hoy nos deja sorpresivamente sin palpitar.
Su música rockera atraviesa el tiempo. Nos transporta desde 1969 en Woodstock desparramando Freedom al mundo, hasta hoy, que lo guardamos en profundo silencio musical recordándolo en cada silencio y en cada nota. Richie, goes to Havens.
Javier Karmy





